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MAURICIO PEREIRA  (músico)

Nomeolvides…

 

Una casa, un viejo sillón, una alfombra parda, la sala, una tarde. La luz del sol, oblicua, recortada por la persiana, dibuja sobre el sillón. La casa callada. Al rayo del sol, suavemente dorado, el polvo baila sin prisa: círculos.

 

Tiempo y espacio.

 

Mirada fija reflexionando. Viaje hacia dentro de esos ojos. ¿Un disco? ¿Un diario? ¿Un río?

 

Y en un abrir y cerrar de ojos, sumergirse…

 

Y allí en el fondo, encontrar canciones de amor. Canciones del amor. Canciones para el amor. Relatos del delicado viaje. Y en el momento más profundo, la melancolía se mostrará, en un pequeño retrato. El buzo tiene el corazón encendido, y con él ilumina carcasas, baúles, tesoros, olores, recuerdos. “Respire”, dice: “Shed no tears…”

 

Y me voy a dormir. El enorme barco pasa a lo largo de mi cama, lentamente, silenciosamente, abarrotado: repleto.

 

De miles de pequeñas flores.

De miles de pequeñas canciones.

Nomeolvides

…..............................................................................

 

Nomeolvides, el disco.

 

Más que un disco de canciones, Nomeolvides me suena a un disco de texturas, un ambiente sonoro y emotivo. Más que un disco para escuchar canción a canción, es un disco que pide que el oyente lo penetre, y lo escuche entero, desde el principio hasta el final. Que penetre en ese ambiente, en esa sala de sonoridades e imágenes. Y haga un recorrido, en textos e imágenes que vienen y van, se hacen recordar, y se hacen olvidar. Es la sensación de recorrer un sueño, un estado de espíritu.

 

Donde la suma de las canciones genera una sola canción mayor. Eso es Nomeolvides.

 

Y para sentir esa sensación de la que hablé, para entrar en ese mundo interno, los arreglos de Diego Schissi son fundamentales: son un soundtrack, es decir, más que acompañar, la música envuelve, genera el universo sonoro, como cuando entramos al mar y somos envueltos por la masa de agua, su sabor, su fuerza, su temperatura. La producción de Ignacio Varchausky logra que todo eso suene con clase y convicción, como ya escuché en varios otros discos producidos por él, de Schissi y de El Arranque, una sonoridad densa, que me agrada mucho, que tiene punch y delicadeza al mismo tempo.

 

Y así, Carlos canta/cuenta sus confesiones, recuerdos, imaginaciones, gatos, retratos, platos: todo es tan pequeño que es incluso gigante. El cuaderno de Carlos. Y otros cantantes son otras texturas. Liliana, Kevin, Cida, Alberto. El propio texto es textura, frases, situaciones, sabores vienen y van a lo largo del disco, creando un tejido, una trama – casi simétrica – dibujada milimétricamente por sensaciones, sentimientos. Tan geométricos como pueda ser un recuerdo…

 

 

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