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VITOR RAMIL  (músico y escritor)

NOMEOLVIDES, de Carlos Villalba

 

Carlos Villalba ya era un amigo querido desde hacía muchos años cuando me enteré, por terceros, de que era compositor. Su extremada discreción, su secreto sobre sí mismo, me hizo pensar, en un primer momento, lo inevitable: el sujeto impecable, afectuoso e inteligente era también sensato, pues mantenía escondidas las canciones no importantes que arriesgaba en las horas libres. Por eso, fui a su estreno en Porto Alegre motivado menos por la ansiedad de escucharlo que por la oportunidad de abrazarlo. No sería poco. Pero fue mucho más. Fue único: el descubrimiento de que el amigo era un gran compositor. Si bien no puedo decir que eso es algo que simplemente no sucede, estoy seguro de que es algo que no puede sucederle a alguien más de una vez en la vida.

 

Me emocioné durante el espectáculo y lloré al abrazarlo al final. Se pone el traje, siempre el mismo traje, se pone la corbata, se mira, se mira en el espejo, se peina, se perfuma con Polyanna 555, cruza en un bote hacia la isla Maciel… Me fui del teatro tarareando las canciones, pero preguntándome si mi emoción nacía de ellas o del impacto de mi espíritu desarmado al descubrirlas. El agua esconde la ruta del amor, sueña... Recién conocería la respuesta cuando, tiempo después, Carlos me envió por correo una copia con la grabación de aquel concierto: la sorpresa era ahora sólo un recuerdo, pero la emoción continuaba allí, reencontrada en cada audición. Un reloj y un montón de palabras, arroz en un plato, un gato en la mesa, que se va...

 

De a poco las imágenes de las letras, que habían permanecido mezcladas en mi memoria, fueron recuperando sus lugares en las melodías. Pude escucharlas detenidamente. Siempre me preguntaba cuáles eran mis favoritas. Bailando atada, Si te vas, Amor en tu amor, Madreselva... Los títulos iban alternándose en el primer puesto de la lista. Hoy, después de escuchar al tan esperado Nomeolvides, primer disco de Carlos Villalba, basado justamente en ese repertorio, La ruta se mantuvo en el primer puesto, con su forma tan original, su atmósfera a la Bioy Casares y su arreglo asombroso. Pero no es cierto que vaya a permanecer en el primer puesto por mucho tiempo, porque el repertorio es parejo, el álbum tiene mucha unidad. Tal vez yo no conozca lo suficiente el cancionero argentino para afirmar esto, pero mi impresión es que Nomeolvides – sus composiciones y su concepto – es único en el panorama musical contemporáneo de este país. Si tuviera que asociarlo a algún álbum de otro artista, no sería al de ningún coterráneo de Carlos, sino a Água e Vinho, de Egberto Gismonti, no por casualidad, el número uno de mi lista de mejores discos de la música brasileña. Esto no significa que no detecte vestigios de Buenos Aires en la música de Carlos Villalba, incluso porque Água e Vinho tiene también sus texturas piazzolescas.

 

Nomeolvides no podría ser más porteño en su lirismo denso y misterioso, en su austeridad o su arrebato, entre otras cosas. Pero lo interesante es que todo en él suena como por primera vez, como una música que emana de esferas que acaban de nacer. Confieso que esperé ansiosamente este nacimiento, y siempre tuve que disimular cuando me preguntaban qué compositor argentino me interesaba más actualmente o cuál tenía más afinidades con la estética del frío. ¿Cómo podría haber citado a Carlos Villalba si nadie sabía que componía? Hubiera parecido arrogante de mi parte. Pero, afortunadamente, eso ya es pasado. Se pone el traje, siempre el mismo traje, se pone la corbata, se mira, se mira en el espejo… Nomeolvides está aquí para que todos lo descubran y se emocionen con él.

 

 

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